APORTES AL DESARROLLO DE LA
LEGISLACIÓN
SOBRE JUSTICIA INDÍGENA Y DISEÑO,
EJECUCIÓN E IMPLEMENTACIÓN DE PROGRAMAS
DE CONSTRUCCIÓN DE LOS MEDIOS ALTERNATIVOS
DE SOLUCIÓN DE CONFLICTOS EN COMUNIDADES INDÍGENAS
Los días 13 y 14 de noviembre del 2004, se realizó en Quito un Seminario Internacional que, bajo el imponente (y sobradamente justificado) título que antecede, reunió a expositores y participantes de diferentes extracciones científicas, con representantes de las diversas etnias autóctonas del actual territorio ecuatoriano, y demás personas interesadas en la temática jurídica, social y cultural indígena. La organización estuvo a cargo del CEDECO, que preside muy dignamente el Lic. Vladimir Serrano, prestigiosísimo investigador, hombre imbuido de una genuina preocupación humanista por el respeto y la convivencia entre los pueblos, y PROJUSTICIA.
Me cupo el altísimo e inmerecido honor de
abrir
el evento, con una exposición intitulada "TAWANTINSUYU: el proyecto de un
estado sin conflictos (idea y realidad de un programa de reemplazo de la
costumbre por la ley". A continuación, y tras un riquísimo debate (que fue
la constante a lo largo de este magnífico encuentro), incitado por las
inspiradas palabras del estudioso lingüista indígena Lic. Fabián Potosí, el Dr.
Carlos Poveda habló magistralmente sobre "Jurisdicción indígena", con
especial referencia al "caso La Cocha".
Por la tarde, el brillante investigador histórico-social Dr. Marcelo Quishpe
realizó una "Reseña histórica de los sistemas de autoridad y el ejercicio del
Derecho consuetudinario", dignamente seguido por el destacado Profesor de
Historia del Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, Dr.
Jaime Vintimilla, quien se refirió a la "Justicia de Paz", en lo atinente
a las causas sobre aborígenes. El domingo se escucharon las sólidas conferencias
del
Lic.
Serrano ("Derecho indígena y constituciones en Hispanoamérica"), y del
muy promisorio jurista Dr. Pablo Sarzosa ("Proyectos de ley en materia
indígena").
Destacaron, en todo momento, las profundas intervenciones de los emisarios de las comunidades autóctonas. Cañaris, quichuas, shuar, otavalos, chibuleos, sarakuros, y varias otras etnias, se hallaron presentes por medio de sus representantes, y éstos no dejaron de traer su aporte, invariablemente reflexivo, y muy a menudo con fuerte contenido polémico. No cesará de asombrarme cómo estas gentes que han sufrido tanto, pueden ser capaces de ejercer semejante cortesía y delicadeza al debatir, sin jamás exhibir odio ni revancha (aunque destilen un cósmico aroma de tristeza), sino sólo una justa demanda de reconocimiento, un legítimo ansia de recuperar la autoestima cultural casi perdida.
Algunos tópicos fueron reiteradamente traídos al ruedo. Un sabio delegado cañari tomó la palabra, en un momento, y lanzó un discurso en quichua, tranquilo y sonoro. Luego lo tradujo, en perfecto castellano: "Hermanos, si estamos reunidos para hablar de las cosas que hacen a quienes hablamos quichua, y la amplia mayoría de los que aquí nos hallamos se expresa en esa lengua, entonces, ¿por qué todas las exposiciones son en castellano, y sin siquiera traducción al quichua?". Con tan aguda pregunta, abrió una discusión acerca del problema de los idiomas, y de las cargas ideológicas que ellos conllevan, que atravesó, intermitentemente, todo el evento.
Esa, en definitiva, es una de las muchas facetas que adopta el etnocentrismo,
verdadera problemática solar del Seminario. Un representant
e
chibuleo, por ejemplo, hizo notar la imperiosa necesidad de que se formen
investigadores surgidos del seno de las propias etnias originarias, que
conozcan, por haber crecido en ellas, las estructuras locales, y no se vean
obligados a reducirlas a categorías extrañas. "Debe gestarse un diálogo a partir
de la equivalencia, no de la igualdad" dijo, con tino. Porque la búsqueda
forzada de la igualdad, es autoritaria y peligrosa.
La excelente conferencia del Dr. Sarzosa levantó otra sustanciosa andanada de planteos, al abordar, como el día anterior lo hiciera con destreza el Dr. Poveda, el difícil ensamble entre las normas jurídicas del moderno estado ecuatoriano, y las instituciones consuetudinarias aborígenes. Los cañari, por ejemplo, recordaron que sus costumbres aceptan la pena de muerte, supeditada a la previa reiterada reincidencia del delincuente, y se manifestaron conformes con esa solución, y deseosos de mantenerla, más allá de las prohibiciones constitucionales.
Otro delegado indígena tocó un punto sensible. Desde principios del 2003, rige
en Ecuador una avanzada ley que regula lo atinente a niños y adolescentes, y
veda los castigos corporales. La etnia de este representante, sin embargo,
practica desde tiempos inmemoriales un sistema:
el jovencito que se ha portado mal, recibe unos golpes con ortigas en sus pies
descalzos, mientras los ancianos le van explicando las razones de la penitencia.
"Nuestros hijos los asombran, hermanos mestizos [que así nos llaman
genéricamente a los que no somos aborígenes], porque son respetuosos de sus
mayores, y trabajan duro, y estudian, y no cometen delitos, ni se drogan, ni
andan por ahí teniendo sexo fácil. Pero ustedes, cuyos hijos a menudo son
irrespetuosos, y se drogan, y se acuestan sin pensarlo dos veces, y delinquen...
¡quieren enseñarnos a educar a nuestros hijos!"
"Nosotros no nos metemos con ustedes, hermanos mestizos, para decirles cómo criar a sus muchachos. Los están criando mal, eso es muy obvio. Pero, igualmente, no nos metemos... ¡Pero no se metan ustedes a enseñarnos a nosotros cómo criar a los nuestros!"
Un emisario quichua agradeció sentidamente a los expositores. "Gracias", dijo, "por ayudarnos a ubicar quiénes somos, y de dónde venimos". Pero los agradecidos somos todos. "La Humanidad, la Runakay", le repliqué, "es una sola, y cada pieza del rompecabezas que la Historia va reconstruyendo, cada piedra del mosaico que conjuntamente se recupera, nos va devolviendo la memoria como especie: cada día, con cada nueva investigación científica acerca del pasado de cada etnia, nos vamos reencontrando todos".
Hubo acuerdo, también, en el rechazo del concepto de "socialismo incaico", tan caro al francés Louis Baudin. Como bien lo destacó Marcelo Quishpe, el Tawantinsuyu siempre procuró el beneficio prioritario de un reducido grupo de elite, y no una estructuración igualitaria del producto económico, ni nada parecido. Asimismo, se destacó por unanimidad la necesidad de encarar estudios sobre la historia jurídica indígena de las periferias del mundo incaico, tanto en Ecuador, como en Chile y la Argentina. "Todas las investigaciones se centran en el Cuzco y su zona directa de influencia", remarcó un delegado otavalo, "y se pasa por alto la riqueza institucional de las etnias tardíamente incorporadas al Tawantinsuyu".
Creo que la importanci
a
de este evento fue mayúscula. Porque abre una nueva etapa en el estudio
científico de los derechos indígenas. Tras un primer estadio de desprecio ("pero
si los indios no tenían nada que pudiera llamarse Derecho...", me dijo una vez,
altanero, un profesor de Historia jurídica argentino, hace tres lustros), se
ingresó a otro, en que aquellas instituciones fueron investigadas, pero
sin ningún fin práctico, sólo por conocerlas. Con este Seminario, se arriba a un
tercer momento: el de la búsqueda, en los sistemas aborígenes, de posibles
aportes para solucionar nuestros propios problemas. Lejos ha quedado el
desprecio, pero ya también pasó la asepsia: estamos en condiciones de aprender
de nuestros hermanos de los pueblos originarios. En buena hora.
Permítaseme cerrar esta nota, que en verdad daba para ser mucho más extensa, haciendo público mi agradecimiento personal, por todo el afecto, la calidez y la fraternidad con que se me obsequiara. Desde el interés con que fuera recibida mi humilde exposición, y la deferencia misma de invitarme al Tawantinsuyu para hablar del Tawantinsuyu, hasta el placer de compartir ideas, propuestas y experiencias, pasando por las certeras observaciones y críticas a mis teorías, todo eso, y mucho más, lo atesoro como eterna prenda de amistad.
Sunkuy kusikunchu, wawkikunalla: mi corazón está feliz, hermanos.
Ricardo D. Rabinovich-Berkman